Dic
19
2014

Cuándo y cómo cerrar un negocio

Si tu empresa ya no te apasiona o los resultados no son alentadores, conoce cómo dar el difícil paso de ponerle fin.

Por Jorge Villalobos
02-18-2013

Normalmente, el arranque de un negocio viene acompañado de una gran ilusión y una dosis de emoción que el emprendedor siente ante la perspectiva de ver cumplido un sueño y asumir un gran reto. Con el tiempo, “el negocio se vuelve tu obra, tu creación”, dice Raúl Gutiérrez, fundador y director de Syracuse Consultores, firma que asesora a empresas en áreas de comercialización y mercadotecnia.

De ahí que es comprensible que un emprendedor se comprometa más allá de lo conveniente con su negocio, al grado que éste absorba la mayor parte de su tiempo. También puede entenderse que el propietario de una empresa no esté dispuesto a dejarla para ocuparse en otra cosa, aunque esa otra actividad sea incluso más productiva y rentable.

Ese aferramiento puede deberse a la propia inseguridad que genera en el empresario la perspectiva del vacío que dejará el negocio al que se ha abocado. En la experiencia de Gutiérrez, esta incertidumbre se manifiesta de forma clara en una incógnita común en estos casos: “si dejo mi empresa, ¿qué haré entonces?”

Para el consultor, la respuesta está en “regresar a ti mismo y saber que tienes capacidad para desarrollar otros aspectos (de personalidad e intereses), así como otros negocios”. De hecho, hace unos años el propio Raúl cambió un emprendimiento en el sector industrial por otro de servicios.

Cuándo es momento de cerrar

A lo largo de la vida de una compañía, existen varias situaciones que pueden llevar a un empresario a la disyuntiva de mantenerla o cerrarla. Tener un ciclo de ventas complicado, ser superado por la competencia, enfrentar un cambio radical en la demanda de los clientes o bien, ser incapaz de ofrecer un producto o servicio en los términos que el mercado demanda son todas razones válidas para analizar si conviene bajar definitivamente la cortina.

Desde un punto de vista legal, los focos amarillos que sugieren que un negocio va encaminado a una situación de cierre están esbozados en la Ley General de Sociedades Mercantiles (LGSM), señala Sylvia Martínez, socia de Asesoría Legal de la firma consultora Ernst and Young. De manera general, si ya no es posible continuar la operación de una compañía por razones financieras o de mercado es válido optar por el cierre de operaciones de ésta o por reorientar su dirección.

Más específicamente, en caso de presentarse una situación financiera que en términos de lo que dice la Ley implica una pérdida de dos tercios del capital social es una causa legítima. También lo es si existe una imposibilidad para realizar el objeto social de la sociedad en cuestión o que se cumpla el periodo de duración de la sociedad determinado en los estatutos sociales de la empresa. No obstante, la circunstancia crucial para considerar el cierre o venta de un negocio es cuando éste “te cansa, ya no te motiva, ya no te entusiasma”, considera Gutiérrez, de Syracuse Consultores.

Perspectiva a distancia

Existen empresarios que optan por deshacerse de su negocio por razones personales más que financieras. Tal fue el caso del propio Raúl Gutiérrez. El hoy consultor y profesor en la Universidad Iberoamericana fue dueño de una empresa en la industria maderera durante 11 años, cuyo cierre no se debió a un descalabro financiero.

Si bien la perspectiva para este proyecto no era precisamente alentadora, el negocio originalmente de compra-venta de madera y sus derivados sobrevivía gracias a su diversificación de la oferta. A lo largo de poco más de una década, la compañía de Gutiérrez fabricó varios productos como puertas de tambor, muebles sobre diseño, palos para escoba y bombas destapacaños, así como canastas para florerías y viveros.

En la década de 1990, luego de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) el territorio mexicano se inundó de madera sumamente barata proveniente de Estados Unidos. Una opción de Raúl era convertirse en distribuidor de los estadunidenses, pero los volúmenes que estos exigían colocar superaban el mercado que atendía. Para entonces, el empresario maderero prácticamente “vivía para el negocio”. Es más, llevaba 10 años sin tomar vacaciones.

También por esas fechas Gutiérrez, quien cursó una maestría en Ciencias, Economía y Mercadotecnia en la Unión Americana, se involucró en el desarrollo de una asociación de microindutriales en el sur de la Ciudad de México. Ahí comenzó a brindarle capacitación a algunos de sus miembros. La experiencia le resultó muy satisfactoria. Además, inició una nueva faceta como docente para generar ingresos extra y reducir la deuda que adquirió para pagar sus estudios de maestría.

La alternativa de dedicarse a la consultoría empezaba a rondar su mente. Por otro lado, y luego de que finalmente salió de vacaciones por primera vez en una década –al acompañar a su familia en el último momento– y que estuvo lejos del negocio, tomó la decisión de cerrarlo. “De lejos se ve más claro”, asegura el consultor citando a Joan Manuel Serrat. “Me di cuenta de que tenía otra opción”, añade.

Cómo es el proceso de cierre

Una vez tomada la decisión, el proceso de cerrar una empresa dista mucho de ser simple y económico. Éste comprende las etapas de disolución y, posteriormente, liquidación, de acuerdo con la LGSM, explica Martínez, de Ernst and Young.

La primera fase consiste en dar por terminada la suma de voluntades para un fin común que dio origen a la compañía en cuestión. A partir de que los socios deciden disolver su sociedad, deben nombrar encargados de realizar el procedimiento, conocidos como liquidadores. Éstos son, en términos de la LGSM, quienes representan a la sociedad para llevar a cabo la disolución hasta la extinción de la empresa, que es la liquidación.

Los costos de este procedimiento se derivan en parte de la necesidad de cubrir pasivos y demás obligaciones, no sólo ante terceros (autoridades, proveedores, clientes, trabajadores) como sociedad, sino entre los propios accionistas y la empresa; y los accionistas entre sí. Además, todas las relaciones establecidas por la compañía durante su operación deberán darse por terminadas.

Las operaciones de liquidación (pagos, cobro de adeudos a la sociedad y, en su caso, venta de inmuebles) son responsabilidad de los liquidadores. Cuando dichas transacciones concluyen, éstos presentan a la asamblea de socios un balance final que plasma cuánto capital le quedó a la empresa al final de la liquidación. Una vez repartidos dichos recursos en función de la participación de cada socio en la sociedad, se procede a la extinción de ésta. Esto ocurre cuando se cancela su inscripción en el Registro Público de Comercio (en el caso de sociedades mercantiles) o el Registro Público de la Propiedad (si se trata de sociedades civiles).

Una vez que la empresa deja de existir, los liquidadores siguen siendo responsables de atender cualquier requerimiento que haga la autoridad (puede ser tributaria local o bien Hacienda, Infonavit o el IMSS) después de la extinción de la sociedad, algo que no es inusual. Y por ello están obligados a dar respuesta a estos requerimientos y conservar los papeles de la sociedad por 10 años. De ahí que el papel del liquidador trasciende la existencia de la sociedad y sigan cobrando por sus servicios durante esa década.

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